jueves, 18 de julio de 2013

Sus dos brazos, una brisa exquisita, infinita



Estabas como mi retoño, con las hojas vivas, con tu color vivo. 
Pero te fuiste, te olvidaste, huiste, jamás regresaste. 
Me pregunté, lamenté, lloré hasta que recordé, el día que dijiste que los amores jamás permanecían. 
Te llamé mil veces y sin respuesta me tuviste… Fue mi necedad aquella la que no soportó, explotó y me hirió. 
Roto, en mil estaba yo… Escuché de un Dios, que revivió. Por momentos no creí su gran amor, su bendición, su perfección. Pregunté de su existencia, algunos afirmaron, otros me la negaron… Nada me llenaba, todo me seguía contaminando. Mis palmas sangradas, mis hojas arrancadas, mi alas no volaban… 
Dejaré al pintor, mi arte, mi escritor.
Pronunciaba con mis brazos abrazados a mis rodillas, gritando por amor, por un salvador. No había otro ser que me volviera loca, más que mis pensamientos consumiendo mi boca. No dormía y pensé en no respirar, en no vivir, en no regresar… Olvidé lo bien que se sentía respirar por alguien, lograr amar, sin dañar. Entraron dos velas, una entre la obscuridad y la otra con la luz que giraba sobre mi cuarto. Oí como mis ventanas tronaban, gozaban, reían de lo que sentía. Ningún palpito podría haber sido más rápido que aquel mío, sufrido y dolido. 
Recosté mi cabeza entre mis sabanas, era lo único que sentía que me trataba amable. Su terciopelo era tan suave como si fuese inexistente lo que experimenté, eran como unos brazos abiertos hacia algún amanecer. Escuché una voz distinguida, jamás escuchada… Repetí lo que escuchaba, lo que decía, para nunca olvidar aquella melodía mejor de lo que se podrían tocar algún piano. 
––Hija mía, cristal eres… Soy un laberinto en amor, soy un lazo que no se romperá jamás. Cree en mi, amada mía. Escucha mi Palabra. De la carne no habrá un amor eterno, ni perfecto. Ámame, que he muerto por amor por ti. No sabes lo que el mundo querrá, atarte el alma y matarte en dos instantes, hundirte en llamas, arrancarte la felicidad, tirarte de la vida y amarrarte a una soledad.–– Extendí mis brazos, sintiendo una brisa mejor de la que pude imaginar… 
Luego entendí que me hablaba mi Superior, mi Dios, mi Amado, mi Salvador. 
En sus brazos me refugié y del mundo me olvidé. 
Su brisa me llenó y cuando de sed he necesitado, en sus aguas esplendorosas me he encontrado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario